
Una fotografía de Barack Obama con turbante mientras se probaba un traje tradicional en Kenia durante un viaje como senador en 2006, ha vuelto a destapar el lado oscuro de Norteamérica. Ha sido un desafortunado intento de desvirtuar la campaña con un uso implícito de la xenofobia. Los artífices de esta campaña, algunos dedos señalan a la propia Hillary Clinton, contra el senador negro intentan desvirtuarle pintándolo como un musulmán, como si serlo fuera un factor negativo necesariamente.
La cuestión es: ¿a un racista no le basta que sea negro para no votarle? Me parece una burda estratagema para luchar a la desesperada contra él, al igual que lo era hace unos días el supuesto escándalo amoroso de John McCain. Cosas como éstas sólo hacen despertar la imbecilidad de la gente -que por desgracia no es poca- y convierte las campañas electorales en lo que muchas veces son: una farsa que nada tienen que ver con la democracia o el sentido común.
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